Primera parte
Caminaba rápidamente por el estacionamiento de la estación de tren, que a esas horas se encontraba prácticamente desierto. Eran las once de la noche y debía haber llegado a casa a las nueve. Sin embargo, un grave accidente en la vía había provocado que perdiera el tren de regreso.
Acostumbraba conducir sola hasta la estación y, desde allí, tomar el tren. De esa manera ahorraba gasolina y también energía, pues el tráfico en aquella ciudad era intenso y bastante caótico.
El día había transcurrido con aparente normalidad. Sin embargo, tenía la extraña sensación de que algo no estaba del todo bien. Era como ese silencio que, sin emitir sonido alguno, parece advertirte de algo.
Aquella mañana había olvidado sus auriculares sobre la mesa de la entrada. Precisamente los que utilizaba para disimular el agudo e interminable pitido que resonaba en su cabeza a causa del tinnitus.
Sin ellos debía enfrentarse a sus propios pensamientos, a aquel tormento constante que solo ella podía escuchar y, por supuesto, a todas las decisiones que debía tomar a diario.
Finalmente, encontró su automóvil. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Solo entonces advirtió la presencia de un cuervo negro que, de manera abrupta, se posó sobre la parte delantera del vehículo.
Sin buscarlo, sus miradas se encontraron.
Fue un instante extraño, casi inquietante. En realidad, todo aquella noche parecía estar fuera de lo común.
No sintió miedo, pero algo dentro de ella le decía que aquel cuervo era una advertencia.
No pudo evitar pensar en voz alta:
—¡Ay, bendito! ¿Y ahora qué pasó o qué pasará? ¿Acaso no es suficiente con todo lo que ya he vivido?
Se sentó al volante y se dispuso a regresar a casa.
Juan, su guardaespaldas y también su amigo, se había reportado enfermo aquella mañana. Antes de despedirse, le había pedido algo poco habitual: que lo llamara cuando regresara a la estación.
—Aunque sea tarde, señora Fabiola. Llámeme antes de entrar al estacionamiento —le había insistido.
Ella no le dio importancia. Confiaba en él, pero tampoco quería molestarlo durante su descanso.
Introdujo la llave en el contacto e intentó encender el automóvil.
Nada.
Volvió a intentarlo.
El motor no respondía.
—Bueno, pues… ¿qué pasa ahora? —murmuró, comenzando a impacientarse.
En ese preciso instante, el silencio fue interrumpido por una violenta explosión.
El estruendo fue tan intenso y tan cercano que la onda expansiva destrozó los cristales de varios automóviles, incluido el suyo.
Un sonido agudo atravesó sus oídos. Instintivamente, se cubrió la cabeza con las manos y cerró los ojos.
Los fragmentos de los cristales de seguridad cayeron sobre ella como una lluvia cortante.
Todo sucedió en cuestión de segundos, aunque para Fabiola aquellos instantes parecieron minutos interminables, infernales.
Cuando finalmente abrió los ojos, descubrió sangre en sus manos.
Estaba completamente desorientada.
El estacionamiento, que minutos antes parecía abandonado, se había transformado en un escenario de caos. Luces azules y rojas iluminaban la oscuridad. Bomberos, policías, ambulancias y periodistas llenaban el lugar.
Un hombre se acercó con una potente luz sobre la frente. Movía los labios intentando comunicarse con ella, pero Fabiola no lograba escuchar sus palabras.
Todo parecía transcurrir en cámara lenta.
Ella apenas pudo extenderle la mano.
El paramédico la ayudó a salir del vehículo y, junto con sus compañeros, la colocó sobre una camilla.
Entonces, como si se tratara de una escena cuidadosamente preparada para una película, volvió a verlo.
El cuervo negro.
Estaba allí, observándola una vez más.
Fue la última imagen que conservó en su memoria antes de perder el conocimiento.
—Señora Fabiola, ¿puede escucharme? —preguntó el médico, observándola con atención.
Fabiola tenía cuarenta y ocho años. Era una mujer exitosa, próspera e independiente. No tenía hijos, pero compartía su hogar con un gato llamado Nastrovia, el recuerdo más entrañable de Johan, su único y verdadero amor.
Aquella historia había durado apenas dos años. Johan le había regalado el gato cuando todavía compartían sus vidas. Ahora él ya no estaba físicamente a su lado, pero Nastrovia seguía siendo un vínculo silencioso con aquel amor que nunca había olvidado.
Fabiola se había graduado con honores como abogada a los veinticinco años y posteriormente se especializó en Derecho Penal y Criminología.
El médico continuaba hablándole, mientras ella intentaba comprender lo que estaba sucediendo.
Irónicamente, el tinnitus le había enseñado a leer los labios. Además, sus años de formación y experiencia profesional le habían permitido desarrollar una extraordinaria capacidad para interpretar el lenguaje corporal de las personas.
—No lo escucho, doctor, pero puedo leerle los labios —afirmó con dificultad.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
El médico la observó sorprendido.
—Hubo un atentado. Un coche bomba explotó en el estacionamiento de la estación.
Hizo una pausa, la miró por encima de sus gafas y añadió con absoluta seriedad:
—Usted está viva de milagro.
Al leer en sus labios la palabra atentado, Fabiola sintió que algo encajaba de inmediato en su mente.
Ella era el blanco.
Recordó al cuervo negro, aquella mirada fija y la extraña sensación que la había acompañado durante todo el día.
Entonces tenía razón. Algo estaba por pasar, pensó.
Un mes después del incidente, y ya algo más recuperada, la investigación sobre el coche bomba continuaba en curso.
Las autoridades intentaban esclarecer los hechos, mientras crecía una inquietante sospecha: alguien había querido asesinarla.
Lo más perturbador estaba por descubrirse.
Juan, quien hasta entonces había sido su único guardaespaldas y una de las personas en quienes más confiaba, resultó estar involucrado en el atentado.
Ahora se encontraba prófugo.
Según los avances de la investigación, aquella noche, siguiendo órdenes de alguien cuya identidad todavía se desconocía, Juan había cometido un error que cambió el curso de los acontecimientos.
Había confundido el automóvil.
Misma marca, mismo modelo y mismo color.
La persona que murió en la explosión fue otra.
Sin embargo, había algo que Fabiola no lograba comprender.
Juan llevaba años trabajando a su lado. Conocía sus horarios, sus costumbres, sus desplazamientos y hasta los pequeños detalles de su automóvil.
Sabía perfectamente que el vehículo tenía una pequeña marca junto al retrovisor izquierdo, producto de un roce ocurrido meses atrás.
¿Cómo era posible que hubiera confundido su automóvil con otro?
Juan no era un principiante. Era un hombre meticuloso, reservado y extremadamente observador. Precisamente por esas cualidades Fabiola lo había contratado y, con el tiempo, había aprendido a confiar en él.
Había estado presente en algunos de los momentos más difíciles de su vida. Conocía sus silencios y sus temores, y era de las pocas personas capaces de advertir cuándo algo la preocupaba sin necesidad de preguntárselo.
Pero también había aspectos de su vida sobre los que nunca hablaba.
Fabiola recordó entonces ciertas conversaciones que, en su momento, le parecieron insignificantes. Cada vez que ella mencionaba sus investigaciones sobre el crimen organizado, Juan escuchaba atentamente, aunque evitaba expresar opiniones.
En una ocasión, después de una reunión especialmente complicada, él le había hecho una pregunta inesperada:
—Señora Fabiola, ¿usted cree que los hijos deben pagar por los errores de sus padres?
Ella lo había mirado sorprendida.
—Por supuesto que no, Juan. Cada persona es responsable de sus propios actos. La justicia no debería condenar a alguien por llevar un apellido.
Él había permanecido en silencio unos segundos.
—Ojalá todo el mundo pensara como usted —respondió finalmente.
En aquel momento, Fabiola no comprendió el verdadero peso que podían tener esas palabras.
Ahora comenzaba a sospechar que Juan había estado intentando decirle algo.
Las investigaciones revelaron que era hijo no reconocido de un narcotraficante al que Fabiola, durante sus primeros años de ejercicio profesional, había logrado llevar ante la justicia y conseguir que fuera condenado a la silla eléctrica.
Aquella investigación también había permitido desarticular una red internacional dedicada al tráfico de mujeres y niñas entre Europa y América.
Muchas vidas habían sido salvadas gracias a su trabajo.
¿Había permanecido Juan a su lado durante años esperando el momento de vengar la muerte de su padre?
¿O existía otra razón para aquella relación de confianza construida cuidadosamente a lo largo del tiempo?
Los investigadores consideraban que su pasado familiar explicaba el atentado. Sin embargo, Fabiola sabía que un motivo aparente no siempre constituía la verdad.
Y había otro detalle que comenzaba a inquietarla.
Durante la inspección de su automóvil, los especialistas descubrieron que el sistema de arranque había sido manipulado deliberadamente.
Su automóvil no había dejado de funcionar por una avería. Alguien había impedido que pudiera encenderlo.
Fabiola recordó los segundos previos a la explosión.
Había intentado arrancar el vehículo dos veces.
Si el motor hubiera respondido, probablemente habría avanzado por el estacionamiento y se habría acercado al automóvil que explotó.
¿Quién había manipulado el suyo?
¿Había sido Juan?
Y, de ser así, ¿pretendía mantenerla allí para que muriera o evitar que se acercara demasiado a la explosión?
Por primera vez desde el atentado, una posibilidad desconcertante comenzó a tomar forma en su mente.
¿Y si Juan no se había equivocado de automóvil?
La hipótesis resultaba difícil de aceptar, pero había aprendido que, en una investigación criminal, incluso los detalles más insignificantes podían cambiar por completo el significado de los hechos.
Lo cierto era que Juan había desaparecido sin dejar rastro.
Su teléfono permanecía apagado. Nadie conocía su paradero y las personas que supuestamente formaban parte de su círculo más cercano aseguraban no saber nada de él.
Sin embargo, cuanto más investigaban su pasado, menos parecía conocerse al verdadero Juan.
Era como si hubiera construido una vida alrededor de un secreto.
Y Fabiola, que había compartido tantos años con él, comenzaba a preguntarse si alguna vez lo había conocido realmente.
Todo era mucho más oscuro y complejo de lo que había imaginado.
Fabiola sabía perfectamente que, incluso dentro de los sistemas creados para impartir justicia, existía corrupción.
Personas capaces de vender su alma, eslabones ocultos entre la verdad, la justicia y la cruda realidad. Espacios de profunda miseria moral, donde la ambición termina imponiéndose sobre la dignidad humana.
Como un cuervo negro que aparece inesperadamente y se proyecta sobre nuestros pensamientos, existen almas rotas, vacías y consumidas por una ambición absurda.
Personas que construyen su poder sobre el dolor y la muerte de otros.
Y esos otros son, muchas veces, inocentes. Víctimas de circunstancias que jamás eligieron, atrapadas en una realidad de la que, lamentablemente, muy pocos consiguen escapar.
«La justicia fue creada por el hombre para impedir e interrumpir cualquier acto que atente contra el orden».
Esas habían sido las palabras de Fabiola durante uno de los momentos más importantes de su carrera.
Diez años después, estaba viviendo el efecto dominó de aquellos acontecimientos.
El pasado había regresado para cobrar una deuda que ella jamás imaginó tener pendiente.
Días antes del atentado, Fabiola había recibido una de las noticias más importantes de su carrera profesional: había sido designada como la nueva fiscal general del Estado.
Su nombramiento oficial se celebrará próximamente. Después de tantos años dedicados a perseguir criminales, descubrir verdades y defender la justicia, estaba a punto de alcanzar la posición más importante de su trayectoria.
Juan, a quien consideraba no solo su guardaespaldas, sino también su amigo, había sido una de las primeras personas en conocer la noticia.
Recordaba perfectamente su reacción.
Él la había felicitado, pero su expresión no reflejaba alegría.
—Es una gran responsabilidad, señora Fabiola —le había dicho—. Hay cargos que atraen enemigos que uno ni siquiera sabe que tiene.
Ella había sonreído.
—Los enemigos siempre han existido, Juan. La diferencia es que ahora tendré más herramientas para enfrentarlos.
Él bajó la mirada.
—Eso espero, señora. Eso espero.
Ahora, al reconstruir los acontecimientos, Fabiola comprendía que aquella confidencia podía haber acelerado los planes de Juan y de quienes estaban detrás de la conspiración.
No podían permitir que asumiera el cargo.
Fabiola tenía que morir. Sí o sí.
Pero una pregunta seguía sin respuesta.
Si Juan realmente quería asesinarla, ¿por qué le había pedido que lo llamara aquella noche antes de entrar al estacionamiento?
¿Por qué alguien había manipulado su automóvil para impedir que arrancara?
Y, sobre todo, ¿por qué un hombre que conocía cada detalle de su vehículo había cometido un error tan absurdo?
Con Juan prófugo, el peligro seguía latente. La ceremonia de toma de posesión se acercaba y nadie podía garantizar que no ocurriera otro atentado.
Fabiola había dedicado gran parte de su vida a perseguir criminales, descubrir verdades y defender la justicia.
Pero ahora era ella quien debía protegerse.
Su experiencia le había enseñado a desconfiar de las apariencias. Sin embargo, jamás imaginó que la traición pudiera esconderse detrás de alguien tan cercano.
Una tarde, mientras revisaba nuevamente los documentos de la investigación, se detuvo frente a una fotografía de Juan.
La observó durante varios minutos.
Aquel rostro le resultaba tan familiar y, al mismo tiempo, tan desconocido.
Recordó sus conversaciones, los años de lealtad, los momentos en que él había arriesgado su propia seguridad para protegerla.
Y recordó también aquella extraña pregunta sobre los hijos y los errores de sus padres.
¿Había sido todo una mentira?
¿Una venganza planeada durante años?
¿O Juan estaba atrapado en una situación mucho más peligrosa de lo que ella alcanzaba a comprender?
Fabiola cerró la carpeta.
Por primera vez, no sabía si debía buscar a Juan para llevarlo ante la justicia o para escuchar la verdad que tal vez nunca se había atrevido a contarle.
Entonces volvió a pensar en el cuervo negro.
Aquel extraño visitante había aparecido justo antes de la explosión. Dos veces lo había visto aquella noche, como si su presencia anunciara algo que todavía no lograba comprender.
La inquietud regresó.
¿Dónde estaría Juan?
¿Quiénes estaban detrás de él?
¿Y por qué, después de tantos años de confianza, su desaparición parecía esconder más respuestas que su propia presencia?
Pero había una pregunta que Fabiola no lograba apartar de su mente:
¿Y si el hombre al que todos buscaban como responsable del atentado era también quien había evitado que ella muriera?
El cuervo negro había aparecido antes de la tragedia.
Y Fabiola temía que, cuando volviera a verlo, la verdad estuviera mucho más cerca de lo que imaginaba.
Continuará…
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