—¡Bienvenida! —escuchó mientras intentaba reincorporarse.

—¿Qué es esto? —se preguntó, completamente desconcertada.

Lo último que recordaba era haber caminado hacia su habitación cuando, de repente, sintió un dolor de cabeza tan intenso que la hizo gritar y llorar al mismo tiempo. Se sujetó la cabeza con ambas manos y, sin poder evitarlo, todo comenzó a girar hacia la derecha, como si estuviera cayendo en picada.

—¿Dónde estoy? —le preguntó a la nada.

Se encontraba en un lugar extraño, flexible e iluminado, que parecía palpitar al ritmo de sus pensamientos. Estos eran tan confusos que el espacio cambiaba constantemente de color: del blanco al azul, del azul al gris y del gris al rosa.

Así era como sus pensamientos se reflejaban en aquel espacio atemporal. Sin saber cómo, comprendió rápidamente que debía poner orden en su mente.

—A ver, Constanza, busca tu centro —escuchó nuevamente.

—¡¿Qué centro?! —gritó, perdiendo el control una vez más.

De pronto, una mujer de piel morena y tersa se proyectó ante ella.

—Debes dirigirte hacia esa puerta de color índigo —le indicó.

—¿Por qué? —preguntó Constanza.

—Porque allí encontrarás parte de las respuestas a tus preguntas.

—¿Qué preguntas? —replicó, cada vez más confundida y alterada—. ¡Lo único que pedí fue más dinero! ¿Qué es todo esto?

De mala gana y sin encontrar otra opción, atravesó la bendita puerta de color azul índigo.

Enseguida volvió a sentir que caía en picada, sin poder hacer nada para detenerse.

De súbito, se encontró en una fila. A su alrededor había personas, o algo parecido a personas, vestidas con atuendos de distintas épocas. Pudo distinguir vestimentas de los años cincuenta, setenta y dos mil. Había seres de todas las edades, desde niños hasta ancianos.

Al final de la fila, un letrero anunciaba:

DIMENSIÓN DESCONOCIDA

—¿Qué locura es esta? ¿Por qué estoy aquí?

Cuando llegó su turno, una figura humanoide, extremadamente alta y delgada, de un color gris blancuzco, se proyectó frente a ella.

Justo cuando estaba a punto de gritar, como si alguien pudiera escucharla, aquel ser colocó uno de sus dedos sobre su frente.

De inmediato, sintió que todo se paralizaba. Una extraña sensación recorrió su cuerpo mientras su conciencia parecía desvanecerse.

«Volví a morir», pensó.

—¡No! —respondió el ser gris, como si hubiera escuchado sus pensamientos.

Ella quedó inmóvil.

—Lo aceptes o no, estás aquí por tu ambición desmedida —continuó, confrontándola—. ¿No era suficiente la vida que tenías? ¿Todo lo que habías conseguido? ¿Te has arrepentido, aunque sea por un instante, de todo lo que hiciste?

Constanza respondió con soberbia:

—¡No!

Y añadió, desafiante:

—Todo lo que tengo, o tenía, me lo trabajé. Además, ¿qué más da? ¡Si ya ni siquiera estoy viva! ¿Qué más podría pasarme?

El ser gris, sin expresión alguna, respondió:

—Ni siquiera ante lo desconocido eres capaz de retractarte. No observo en ti arrepentimiento alguno.

Hizo una pausa antes de continuar.

—¿Eres consciente de que, a lo largo de tu vida, destruiste a muchas personas con tus acciones?

Constanza permaneció en silencio.

—La humanidad está fuera de control —afirmó el ser gris—. Por eso queremos ofrecerte, tanto a ti como a otros, la oportunidad de renunciar a sus instintos más destructivos: la avaricia, la desconexión y la indolencia. Tú posees los tres en grados extremadamente elevados.

Luego agregó:

—Puedes regresar a la vida, siempre que aceptes enmendar tus errores. Aquí el tiempo no existe. Es un constructo que el ser humano inventó para controlar y ejercer poder. Regresarías a cada episodio de tu vida en el que heriste o dañaste a otros, con la oportunidad de reparar tus acciones.

—¡No! ¡Jamás! —respondió ella, rotunda y contundente.

—O puedes quedarte aquí —continuó el ser gris, inmutable—, en esta dimensión, que tiene sus propias variantes. Sin embargo, debo advertirte que aquí también tendrás que hacer enmiendas por tus acciones.

Constanza lo miró con desconfianza.

—¿Y una tercera opción?

—No. No hay más —respondió tajantemente el ser gris.

Constanza comenzó a reflexionar.

«¿Qué tan malo podría ser quedarse aquí? Después de todo, ya formo parte de todo y de nada a la vez».

Entonces recordó su vida.

Las veces que había mentido, utilizado a otras personas para escalar posiciones, estafado y actuado sin escrúpulos. Recordó cómo había arruinado la vida de otros con tal de obtener beneficios propios.

Siempre había querido ganar, sin importar el precio ni las consecuencias.

Por un instante, comprendió que había sido miserable y que aquel ser gris tenía mucha razón.

Pero no se permitiría admitirlo.

Y mucho menos repararlo.

El ser interrumpió sus pensamientos.

—Entonces, ¿qué eliges?

—Si ya lo sabes, ¿para qué me preguntas? —respondió ella, desafiante.

—Porque debes expresarlo tú misma.

El ser hizo una pausa.

—¿Eliges quedarte aquí, en esta dimensión? ¿Estás segura?

—Sí. Acepto quedarme en esta dimensión.

Acto seguido, se encontró sentada frente a una mesa.

Sobre ella había un molino de mano. A un lado, una jaula con pequeños pájaros y, junto a ella, la Luna, una cucharilla y un plato.

No entendía absolutamente nada.

Continuó observando a su alrededor. El espacio era reducido y, desde el techo, descendía un tubo que conectaba directamente con el molino.

Entonces, la Luna abrió los ojos.

La miró con una expresión irónica y algo cansada.

—Ah, eres tú quien me alimentará por toda la eternidad en esta cápsula.

Constanza la observó, desconcertada.

—¿No te asusta estar aquí encerrada? —le preguntó.

—Yo no estoy encerrada —afirmó Constanza, aunque su voz revelaba cierto nerviosismo.

—Definitivamente, sí lo estás —respondió la Luna.

Sorprendida, Constanza volvió a mirar a su alrededor.

Fue entonces cuando comprendió que, efectivamente, se encontraba dentro de una cápsula suspendida en el limbo de los pensamientos oscuros.

Y que tendría a la Luna como única compañera…

Por toda la eternidad.

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